
La victoria sabe a vino y miel, se siente como seda sobre el cuerpo, hincha los pechos mientras nos eleva hacia el dios que adoremos. En la victoria nos regodeamos en nuestras virtudes o pecados, nos volvemos soberbios o generosos según nuestra naturaleza y credo. ¿Quién no desea una alfombra de pétalos de rosa bajo sus pies? ¿Quién no desea guirnaldas de oliva sobre sus sienes? ¿Quién no desea el fresco sabor del vino de los vencedores y afortunados?
Pero así como hay quien eleva su vista a los astros con orgullo, así los hay quienes caemos en las sombras con el sabor del polvo y el peso del mundo sobre nuestros huesos. La derrota nos llega porque no peleamos con la convicción necesaria, porque no lo hacemos de la manera adecuada, porque o no tenemos las armas necesarias o porque simplemente peleamos una batalla que no teníamos posibilidades de ganar. Es nuestra culpa y de nadie más.
La derrota es más duradera que el efímero placer de la victoria, se marca en nuestra piel como hierro incandescente, su sabor amargo y repugnante se afianza en la base de la lengua y transforma todo aquello que comemos en ceniza y vinagre; nos vuelve dubitativos en nuestros pasos si es que logramos la fuerza para sostenernos en pie.
La derrota enfría tu alma y congela tu corazón, endurece tu mirada y petrifica tu semblante; no hay bondad en tu faz a partir de una derrota, no hay sonrisa sincera o caricia tierna, no hay momento de debilidad que te permitas pues como el perro apaleado temes a la severidad del castigo si te permites un sueño o una lucha mas. No levantaras la mirada nunca más, te prometes, no pronunciaras palabra alguna a partir de hoy, no más sueños, no más recuerdos, no más dolor.
La derrota es el perfume con el que seduce la soledad, es con el que te atrae a su lecho y te ata a él para retenerte por siempre a su lado; en la derrota los sonidos se apagan y solo el silencio grita en cada resquicio. En la derrota te hundes como en arenas movedizas y solo sientes el deseo de dejarte tragar por ese mar que te engulle para no tener que soportar tu semblante derrotado nunca más. Cada burla la sientes en la piel como látigo, cada rumor es lacerante, cada mirada de pena y vergüenza duele como el último golpe con el que fuiste vencido.
Hay quien intenta levantarse de la derrota para extirpar de si ese dolor, hay quien no soporta el sufrimiento y sale para ganar o morir en su historia, pero créeme, pocos lo lograran. Otros olvidan la pelea, se extirpan a sí mismos de la vida y andan como fantasmas navegando a la deriva de la sociedad, asimilan el dolor y lo hacen uno con ellos para ignorarlo y hacerlo más leve e incluso fingen que lo logran. Cualquiera de los dos son fugitivos de la derrota y esta los acecha pues es carcelera celosa de su deber y no dejara que escapen tan fácilmente de su yugo y dominio; a cada paso, a cada movimiento ahí estará su esencia para recordarles que es a ella y a nadie más a quien le tienen que rendir pleitesía pues es ella la que te da el respiro por hoy y solo por hoy.
Los que se levanten del fango de los derrotados y venzan, lo harán con menos orgullo, con un brillo de ausencia en sus ojos, lo harán con temor a que todo sea un sueño y yazcan en el suelo una vez más, lo harán con miedo a que pronto les quiten lo conseguido, el vino ya no será tan dulce cuando sea solo para disfrazar el sabor que en sus bocas aun recuerdan, no…nunca, nunca más sus sueños serán libres, nunca más sus pasos lozanos, nunca más su sonrisa ingenua, pues quien conoce la derrota nunca, nunca podrá olvidarla.


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